Historias,  Viajes

Una aventura en la Montaña de los 7 colores – Cusco

 


Cusco es de esas ciudades que no te cansas de visitar, puedes hacerlo una y otra vez, pero este mágico lugar siempre te sorprenderá con algo nuevo que ver y hacer. En las tres veces que viajé hacia el «ombligo del mundo», nunca me habían mencionado la Montaña de los 7 colores, esto es debido a que se hizo popular en el 2016, justo el año en el que 8 amigos de la universidad y yo logramos sincronizar nuestros relojes para ir a dar un paseo celebrando el fin de nuestra etapa universitaria.

Recuerdo que en la agencia turística nos dijeron que vayamos super abrigados, si era posible dos pantalones, 3 chaquetas, 3 medias y que de preferencia lo hagamos después de haber estado unos días en Cusco para que nuestro cuerpo se encuentre más aclimatado. A mi parecer era algo exagerado su sistema de precaución, pero después de lo que les contaré, créanme que se quedaron cortos al decirnos todo eso.

Una noche antes de ir a esta gran montaña fuimos a comprar ciertas provisiones para el camino y prendas más abrigadoras de las que habíamos llevado. Recuerdo que compré paquetes de caramelitos de coca (muy buenos para la altura) y barras de chocolates por el intenso frío del que tanto me habían hablado.

Llegó el esperado día, llevábamos 3 noches en la ciudad imperial, la minivan pasó a recogernos al hotel a las 4 de la mañana, estaba todo oscuro y había una lluvia imparable con truenos que se escuchaban a lo lejos. Yo estaba con los 2 pantalones que había indicado la guía, una chaqueta realmente abrigadora y mi mochila impermeable llena de chocolates, caramelos, una botella de agua y mi capa especial para lluvia. Fue un recorrido de 2 horas hasta el distrito de Pitumarca.

Después de este recorrido en carro, solo quedaba caminar hasta la famosa montaña unas 4 horas aproximadamente, también había la opción de ir a caballo, pero confieso que me encanta caminar por la montaña, aparte que el clima era soleado pero con viento y eso lo hacía más soportable. Íbamos mis 8 amigos y yo caminando a paso lento pero seguro, de pronto íbamos alejándonos poco a poco, unos se quedaban atrás tomándose fotos con el hermoso paisaje que había al rededor, todo era verde y con vicuñas caminando a nuestro lado sin temor alguno, otros se sentaban a descansar por un momento ya que los 5200 metros de altura estaban cobrando factura y yo seguía caminando con una amiga al lado. Después de 2 horas de caminata mi compañera decidió regresar porque no sentía las piernas y prefería volver al carro. Lo raro era que no era la única, a decir verdad eran varios turistas que se arrepentían a medio camino y daban media vuelta. Mi amiga regresó con 3 turistas de mi grupo y yo continuaba subiendo sola, por ratos hablaba con una linda pareja mexicana que venían a Perú exclusivamente a conocer la montaña. Poco a poco el frío incrementaba y el sol se alejaba, empezó una fuerte granizada y poco a poco todo el paisaje verde se convertía en un panorama blanquiñozo donde no podías diferenciar el camino y lo único que quedaba era seguir a los otros turistas que iban adelante.

Hubo un pequeño momento en el que también pensaba en que quizá lo mejor sería regresar porque no veía a ninguno de mi grupo de amigos, pero un grupo de turistas franceses me alentaron con arengas que siga porque faltaba poco. Caminaba por inercia, no sentía mis manos, mi celular no funcionaba y si me quitaba los guantes por un momento sentía que mis manos se congelaban. Lo único que me mantenía con energías era los caramelos de coca que había llevado. Recuerdo que lo terminé repartiendo entre los pocos que seguíamos en el camino, ya que no había ni un solo vendedor a lo largo del recorrido.

Pregunté a un grupo de guías que estaban de regreso si me faltaba mucho para llegar a la montaña y me dijeron que solo 30 minutos más de caminata, ya no era nada para todo lo que había caminado, así que decidí no parar hasta llegar a mi destino. En mi cabeza merodeaba la idea de «si llego hasta el final de este recorrido soy capaz de hacerlo todo», suena algo exagerado, pero créanme que en esa situación me daba mucho valor pensar en ello.

De pronto una mujer a caballo grita mi nombre y para mi alivio era una de mis compañeras. Maria Claudia, una amiga desde el 1er ciclo de la universidad, suele ser algo energética para todo y siempre muy optimista, me decía que ya faltaba poco y continuamos juntas ese corto tramo. Antes de llegar a la montaña tienes que dejar el caballo porque hay una parte inclinada, Mara (como le digo de cariño) bajó y emprendimos el último esfuerzo, subimos por una estrecha escalera de piedras y de pronto un joven que iba detrás nos pide ayuda para subir, el piso estaba resbaloso por el granizo y la lluvia, ese joven era Renzo, el enamorado de una de mis mejores amigas, estaba tan abrigado que ni lo reconocí ya que solo se veía su ojos. Al llegar a la cumbre de la montaña sientes una recarga de energía única y sientes que valió la pena cada paso que diste para llegar hasta ahí.

En la cima de la montaña solo quedaban unos pocos turistas y el paisaje estaba nublado, pero a pesar de ello se diferenciaba los 7 colores que la conformaban y se podía tener una vista maravillosa de todo lo que lo rodeaba, la vegetación, las vicuñas, las vizcachas y las chozas que hay en diversas partes del camino. Queríamos captar el momento con fotografías, pero el frío era tanto que solo permitía sacar las manos de los guantes por unos cuántos minutos. Una de las mejores partes en la cima fue sentarnos a comer barras de chocolate mientras no podíamos creer que habíamos pasado por todo ese camino y que de los 9 que éramos, solo habíamos llegado 3. Unos minutos después de tanto festejo y rondas de chocolate, nos percatamos que solo quedaban 4 turistas más y no había un solo guía.

Decidimos despedirnos de la hermosa montaña y continuar de regreso. Eran aproximadamente las 3 de la tarde y al bajar la escalera de piedras, Mara subió a su caballo que la estaba esperando para llevarla de regreso. Sin embargo, Renzo y yo tuvimos que volver caminando ya que no había ningún otro disponible. Siempre dicen que la bajada es mucho más fácil, pero en nuestro caso no se cumplía esa premisa porque el camino de regreso estaba cubierto de nieve y no se distinguía la ruta. Empezamos a caminar siguiendo a un par de turistas pero de pronto ellos nos preguntaron si conocíamos el camino porque estaban igual de perdidos que nosotros. Al menos ya éramos 4 desubicados en plena nieve sin nadie más a nuestro alrededor, sin señal y sin alimentos. Empezamos a caminar siguiendo a nuestro instinto aventurero, pero el camino nos iba regalando ciertas dificultades, una de ella fue las constantes caídas por el suelo resbaladizo. Tuvimos que optar por ir agarrados de la mano todos y pisar de costado porque si lo hacíamos de frente terminábamos en el suelo.

Las energías se nos iban apagando y en cierta forma perdíamos la esperanza porque no había nadie más en el camino y para colmo no sabíamos si ese era el camino. Decidimos parar por un instante en unos banquitos y empecé a jugar con la nieve. Armamos un muñeco y nos tomamos unas cuantas fotos, ahora que hago memoria, en ese momento desaparecieron el grupo de turistas que estaban con nosotros. Solo quedábamos Renzo y yo, era un poco extraño porque yo no lo conocía mucho. Él llevaba unos cuantos meses con una gran amiga y habíamos intercambiado palabras pocas veces, pero en ese momento empezamos a platicar más y solo nos quedaba darnos valor entre nosotros (fue así como lo acepté como cuñado oficialmente). Seguíamos caminando, entre caídas y recuerdo que empezamos a cantar para que se nos pase el miedo, porque mi querido amigo Renzo solo hablaba de cómo íbamos a morir y la manera en que encontrarían nuestros cuerpos congelados en medio de la montaña.

El panorama se ponía peor porque la nieve se iba derritiendo y provocaba que el camino se convierta en pequeñas caídas de agua que hacían mucho más difícil nuestro regreso. En ese momento agradecía haber viajado desde pequeña con mi papá y haber caminado por todo tipo de lugares con sus tips viajeros. Trataba de recordar algunos de ellos para poder continuar sin caernos más o al menos no tan seguido. Yo iba caminando adelante, pisando para asegurar el camino y luego indicaba a Renzo para que me siga y a ese paso avanzamos hasta la mitad, luego los chorros de agua se iban incrementando y ya no sabía si seguir o quedarme esperando si pasaba alguien. Durante ese lapso de tiempo escucho unos pasos y una voz que nos gritaba: «esperen jóvenes, es peligroso». Era el señor Hernán, un agradable hombre que vivía por la zona y que estaba cuidando a sus vicuñas. No saben el gran alivio que sentí cuando lo vi, y mejor aún porque conocía el lugar.

El buen Hernán se puso en medio de Renzo y yo para ayudarnos a bajar por los accidentados charcos. Él caminaba como si nada, era su trajín de todos los días según me comentaba. Mientras íbamos avanzando, el sol volvía a salir y el paisaje se ponía mejor aún, las enormes montañas y los auquénidos a nuestro alrededor nos daban una sensación de tranquilidad. Inicié una agradable conversación con mi nuevo amigo, quien me comentaba que desde niño jugaba en esa montaña junto a sus 11 hermanos y que se le hace super raro ver tantos turistas visitándola en los últimos días, pero expresaba que se sentía feliz porque de esta forma ya tenían un ingreso extra para su familia y solo esperaba que los visitantes no perturben su tranquilidad.

Caminamos una hora más y veía a lo lejos un grupo de personas que nos hacían señas con las manos. Eran los guías de nuestro grupo quienes nos habían dado por perdidos y estaban a punto de ir a rescatarnos. Caminaron con prisa para darnos el alcance, se veían preocupados por nosotros. Nos dieron al instante unas frazadas y un termito con mate de coca caliente. Jamás había sentido tan rico el mate de coca como aquella vez. Me despedí de Hernán, le agradecí muchísimo lo que había hecho por nosotros e incluso intenté darle un billete pero se negó a recibirlo y le prometí que volvería y que a todos mis amigos que vayan a emprender esta ruta les hablaría de él y de lo amable que fue conmigo y Renzo.

Debo confesar que no es la primera vez que soy testigo de estos actos de generosidad desinteresada, las veces que he viajado a Cusco siempre se han mostrado amables y dispuestos a ayudar en caso me surga alguna inquietud. Espero desde lo más profundo de mi corazón que esta historia llegue hasta Hernán y sepa cuan agradecida estoy de haberlo conocido.

como llegar a la montaña de los 7 colores
Montaña de los 7 colores en Cusco.

Un Comentario

  • Maria Claudia

    La juventud viene dotada con ganas de aventura y sed de conocimiento. Así lo demuestra tu narración, sincera, emotiva, palpable y llena de aventura que combinada con la descripción de los hermosos paisajes que ofrece Cuzco me transportan a ese momento donde la lealtad y amistad son necesarias para una historia épica. 5/5 estrellas. <3

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