Historias,  Viajes

Pasajeros en el camino

En el camino de la vida te cruzas con todo tipo de personas, pero siempre hay unas que acompañan tus pasos más que otras.

Durante un viaje del 2016, en mi memorable tour a la Montaña de los siete colores de Cusco, conocí a una bella pareja mexicana, ellos eran Samantha y Rodrigo. Bastaron esas 8 horas juntos para compartir risas y sustos en medio de la nieve, soroche y alegría de cumplir el reto. Ese día intercambiamos redes sociales y de vez en cuando nos animabamos a una plática cibernética intercambiando historias y costumbres, ya que ellos son unos viajeros e investigadores empedernidos.

Tres años después, mi familia y yo elegimos a México como destino de nuestro próximo viaje y sin dudarlo le dije a Samantha que en un par de meses iríamos juntas por unos tacos y tequila. Su respuesta fue inmediata, me ofreció incluso hasta su casa para quedarnos durante nuestra estadía y durante las mañanas camino a su trabajo me enviaba audios con lugares y tips que debía tomar en cuenta. Sam, como le digo yo de cariño, suele ser la generosidad y entusiasmo hecha persona.

Mi familia y yo teníamos un itinerario por los días que estaríamos en ese lugar y el único día libre en el tour era el primero. Sin dudarlo coordinamos con Sam y Ro para poder vernos ese día.

Nuestro vuelo llegó a las 11 de la mañana y llegamos al hotel una hora después, el tráfico de la Ciudad de México me hacía sentir como en casa.

Grande fue mi sorpresa cuando el teléfono de la habitación sonó a las 12 en punto. Samantha estaba en el lobby del hotel esperándonos, yo bajo inmediatamente y cuando el ascensor se abre, la veo tal cual la recordaba. Llevaba unas zapatillas de montaña, unos lentes negros, una mochila y una gran sonrisa. Después de darnos un largo y enérgico abrazo, me preguntaba sobre las 7 horas de vuelo y a la vez me daba un adelanto de todo lo que tenía en mente para ese día.

Esperamos unos 10 minutos a que mis papás y hermana terminaran de instalarse. Cuando ellos bajaron a nuestro encuentro fue igual de afectuoso el saludo. Al instante se apareció Rodrigo en su camioneta negra y no venía solo, tenía como copiloto a su prima Carolina, una adorable joven colombiana que visitaba CDMX por primera vez al igual que mi familia y yo.

Mientras nos acomodamos para ingresar todos en el carro, Ro iba haciendo uso de la palabra, lo cual se repitió durante lo largo de este recorrido, cosa que no era muy extraña, ya que conduce un programa de radio todas las mañanas de lunes a viernes.

Ro es de esas personas que te hace sentir en confianza de manera instantánea y otra de sus características es que tiene una memoria extraordinaria para los datos y fechas de la historia de su país y en general, su padre es investigador así que lo lleva en los genes.

El carro avanzaba y las historias empezaron a llegar. Cada calle, cada monumento a nuestro alrededor e incluso cada restaurante, tenía una explicación detallada por esta adorable pareja mexicana.

Nuestra primera parada fue el famoso Ángel de la Independencia, el cual se encontraba en restauración debido a unas protestas. Sin embargo, el icónico monumento se apreciaba y no dudamos en tomarnos algunas fotografías en ese punto. Luego de unos  minutos seguimos con nuestro recorrido, en el cual conocimos la famosa empresa de comunicaciones Televisa. Me sorprendió lo enorme que es, ya que tiene toda una mini ciudad dentro de sus instalaciones. Six flags, un parque de diversiones con unos juegos mecánicos extremos que se aprecian desde la carretera.

Sin embargo, nuestro destino era Xochimilco y después de unos minutos gracias al waze y a un guía motorizado pudimos ubicarnos y llegar.

Eran aproximadamente las 2 de la tarde y nos acompañaba un sol encantador, de ese que no quema, pero ilumina el día con su presencia. Sam y Ro negociaban con el encargado, mientras los demás íbamos a la bodega de enfrente para abastecernos de piqueos y bebidas. Es conocido que México es un país picante, pero no imaginé que tanto. Para poner un ejemplo práctico les cuento que el algodón de azúcar, el mango, los caramelos y todo lo que te puedas imaginar, lleva picante. En esta bodega los conocidos piqueos como Cheetos y Doritos tenían además del picante, limón y sal.

Finalmente abastecidos con piqueos, latas de gaseosa, cerveza y tequila, nos apresuramos a subir a nuestra trajinera (o bote como lo conocen en Perú). Para llegar a ella teníamos que caminar de una a otra, todas son muy coloridas, con decoraciones de flores tradicionales y tienen diversos nombres pintados en sus arcos. La nuestra no llevaba un nombre en especial, pero decía «Viva México».

En cada trajinera pueden ingresar más de 10 personas, pero nosotros solo éramos 7. Dentro de ella encuentras una mesa larga de madera con asientos alrededor. Lo peculiar de este paseo era que a lo largo de tu recorrido podías observar todo tipo de comercio. Habían trajineras que vendían tacos, elotes, flores, bebidas, souvenirs, juguetes y hasta mariachis que te ofrecen unas buenas rancheras.

El mejor recuerdo que viene a mi mente de ese día es cuando los mariachis cantaban el famoso «México lindo y querido», mientras mis padres probaban el tequila, mi hermana comía los piqueos, Ro cantaba a todo pulmón, Samantha y Carolina tomaban las respectivas fotos y yo comía mi elote.

Dos horas después de ese bello recorrido, después de haber comida, bailado, visitado las islas de las muñecas y disfrutar del paisaje y buena compañía, nuestro itinerario no terminaba. Ahora tocaba ir por algo de comer, como buenos anfitriones, Sam y Ro nos dieron innumerables recomendaciones. Nuestro siguiente destino era Coyoacán, y a pesar de la lluvia que nos acompañó durante ese recorrido, lo disfrutamos. Soy una fiel amante de la lluvia y déjenme contarles que la mexicana sí que tiene una gran actitud, hace notar su presencia en un abrir y cerrar de ojos. Las calles inundadas, el carro avanzaba y el agua podía verse a la altura de la ventana.

Llegamos a Coyoacán, una plaza acogedora, en la que encuentras, cafés, restaurantes, bares tradicionales. Es una de las alternativas favoritas de Sam los fines de semana.

Esta vez la elegida fue «La Cantina Coyoacana», debo aclarar que el término «cantina» difiere un poco al que solemos tener en Perú. En México se le dice cantina al lugar donde puedes encontrar platos y bebidas tradicionales, en Perú solo es un lugar al cual se va a beber y beber.

Desde que ingresamos se sentía las rancheras y se olfateaba exquisitos platillos. Nos ubicamos en una terraza al fondo del local y pedimos diversos platos que nos iban recomendado. Probamos tacos, enchiladas, pozole, mezcal, micheladas, tequila, y me encantaría recordar todo lo demás pero solo recuerdo que terminamos todo lo servido en la mesa. Esa noche nos enseñaron a comer los tacos con una sola mano, aprendimos a diferenciar el mezcal del tequila y le agarré cierto cariño al mezcal dicho sea de paso.

En una mesa de aquella cantina Coyoacana estaban reunidos 3 países: Colombia, México y Perú, intercambiando culturas, costumbres, risas y muchos brindis; pero sobre todo había una peruana muy agradecida por tanto cariño de aquellos pasajeros en el camino.

 

 

 

 

2 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *